Me pasó hace un par de meses, que cambié de ciudad y comencé a frecuentar viejos amigos. Uno en particular, amante de la automatización y la productividad; por lo que no demoró mucho en recomendarme algunas Apps para mi smartphone y obviamente, dado su convincente  testimonio de usabilidad y eficiencia, accedí a la recomendación. Descargué e instalé, no una sino que tres aplicaciones y terminé recomendando esas mismas apps a otros. Si este amigo mío fuera influencer le iría muy bien.

Esos mismos primeros días tuve hambre. Vueltita por Instagram, porque siempre en Instagram la gente ostenta lo que come. Para el caso, otro buen amigo publica la fotografía de un apetitoso sandwich. No somos tan amigos pero él es igual de pobre, perdido y sureño que yo, así que era una referencia de confianza, o al menos del mismo target al que yo pertenezco. Santos Sanguchería Familiar, me sonó bien. La foto esta geoposicionada. Click. Quedaba a una cuadra de mi departamento y la primera foto que apareció me susurraba “veeeen por miiiiiii”. Así que fui. Repetí la experiencia al menos 4 veces más y a estas alturas los dueños del local me tienen identificado. Soy un fan.

Obvio, saqué mi propia foto, hice una especie de review en mis historias de instagram y en breve, un par de amigos, al ver las historias me escribieron por interno preguntando detalles del lugar para ir a probarlo.

Es que la mejor estrategia de marketing digital es hacer las cosas bien
, pues da lo mismo la plata que te gastes en publicidad o el empeño que le coloques a cada una de tus publicaciones. Si lo que ofreces es de medio pelo, entonces nadie te va a recomendar.

Cuando narro estas cosas y las analizo, no estoy pensando solo en directores de empresas, gerentes de comunicaciones o emprendedores. Yo vengo de un ambiente eclesial, de una parroquia, en donde nos rompemos la espalda haciendo que nuestras actividades tengan alcance, impacto, audiencia y fidelización. Nos pasamos la vida invitando a la gente a nuestras cosas y buscando formas de que nos recomienden, que la gente se vaya a casa feliz y cuando regrese vuelva con dos más. Generalmente eso no pasa. Por eso escribo esto.

 

Dos claves para conseguir recomendaciones

No es una regla, es mi opinión subjetiva y parcial en la que yo creo que puedes hacer para conseguir recomendaciones.

  • Hacerlo bien. Que implica nada más y nada menos que ofrecer algo y cuando lo das, entregues algo igual. Nada más triste que tu plato de comida no se parezca al de la foto.
  • Hacerlo poco común. Que es mi apuesta. No soy tan bueno haciendo las cosas que hago. Al menos no tan bueno como otros que se dedican a más o menos lo mismo. Soy un ciudadano promedio. Entonces mi desafío es romper el molde y salir del margen de la normalidad. Dicto conferencias, no son tan buenas, quizá no aprendas tanto y tu vida no cambie después de ellas; pero son rarísimas y nunca se te va a olvidar que me viste hablar.

Hay una tercera pero es fea, pagando. No es fea porque pagar por publicidad sea malo (hay gente que vive honradamente de ello), sino que implica que debes intentar reinterpretar tus atributos para convencer y disuadir. Entonces la sensación es de que eres bueno, pero tienes la necesidad de hacerte ver más bueno de lo que realmente eres. Y para uno como consumidor, queda la duda de si el photoshop tuvo algo que ver con lo apetitosa que se veía la comida de la foto. La publicidad pagada siempre tendrá ese sabor a que lo que ves en la foto no es 100% real.

 

Que la experiencia sea activadora

Ni siquiera sé si existe esa conjugación del verbo activar o si se puede aplicar a esto, pero a lo que voy es que si lo que ofreces mueve a  los demás a hacer algo luego o ejecutar alguna acción de su experiencia de usuario, entonces  lo has logrado.

Ya sea compartir en una red social, fotografiarse, opinar y evaluar colocando muchas estrellas pero en el mejor de los casos salir hablando de la experiencia, de las sensaciones, de los beneficios.

Sinceramente, en mi experiencia eclesiástica, pocas veces se lograba eso y si se lograba era por factores que escapaban del control de quien organizaba la actividad. Cosas como el compartir con los amigos o una situación puntual (generalmente un problema grande) que vivía en ese momento, hacían de las experiencias “espirituales” algo trascendente y activador.

Muy pocas veces era la experiencia de usuario la que me llevaba a compartir la experiencia e invitar a otros. Ni las sillas eran cómodas, ni el sonido hi-fi, ni los contenidos tan interesantes.

Por eso, cada vez que me animaba a invitar a alguien nuevo a esas actividades, tenía la precaución de prevenirlo en que quizá la experiencia de usuario no sería la más óptima, pero que los frutos espirituales (y por ende invisibles e incuantificables) eran los que hacían que la experiencia valiera la pena.  No hay mentira en eso. 2000 años sentando a la gente en bancas incómodas y con un sistema de sonido horrible pero la gente sigue yendo. ¿Deben ser por algo no?.

 

Vuélvete recomendable

Que seas recomendable tiene como requisito fundamental el que seas encontrable, al menos digitalmente hablando. Me imagino que has experimentado la frustración que se siente al buscar un lugar, producto o servicio y por más que lo Googlees no aparezca nada de lo que necesitas.

Esto aplica no solo para negocios. Mira esto para ti, que eres una persona común y corriente y que tienes la necesidad de volverte recomendable, que los demás hablen de ti no como un ejercicio de vanidad, sino porque destacas en lo que haces y eso podría abrir nuevas oportunidades de negocio o trabajo. Hazte recomendable.

Idealmente, que sepan mencionarte, etiquetarte, geoposicionarte o usar el hashtag que TÚ definas. Deja de pensar en cómo viralizar, y piensa en cómo enamorar. Como dirían los españoles, piensa en hacer molar. No habrá algoritmo que te pare.

 


 

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