Hay un misterio del universo que escapa a mi comprensión. No solo por la complejidad técnica del asunto, sino porque implica gran cantidad de trabajo, recursos y especialización. ¿Cómo hacen los adultos para conseguir esas imágenes y videos que nos envían siempre por WhatsApp?.

Sinceramente considero que es un tremendo trabajo el hacer todos esos procesos. Seguro hay algunas aplicaciones que lo hacen facil, que descargan los videos desde el telefono directamente. El rollo es que no deben ser aplicaciones tan populares (al menos yo no conozco ninguna). No quiero imaginar que alguien se dé el trabajo de descargar los videos en sus computadores y luego enviarlos a sus teléfonos. Como sea, aquellos adultos (nuestras mamás, papás, tías y demases) tienen un don tecnológico desconocido y llenan la capacidad de memoria de nuestros teléfonos colapsando los grupos de WhatsApp con canciones, reflexiones, poemas con audios y chistes (malos, largos y archi conocidos).

Hecho el diagnóstico de la situación, vamos ahora por nosotros. Querámoslo o no, somos Millennialls y nos comportamos como tal, las redes sociales son parte natural de nuestro entorno; somos “nativos digitales” y desde hace años nos movemos casi con total naturalidad en estos ambientes. Nuestros padres, intentan seguirnos la pista. Les hacemos difícil el trabajo porque vamos de escapada constantemente.

Primero comenzamos con redes sociales que ellos no alcanzaron a conocer. Fotolog y algunas salas de chat ya desaparecidas. Luego le entramos a Facebook. Hicimos todo, forramos de plata a ese tal Mark Zuckerberg y escapamos. Escapamos de imágenes con piolines, gifs con flores animadas, canciones viejas y fotos de nosotros mismos semi desnudos en nuestra primera infancia publicadas sin el más mínimo pudor en nuestros muros por nuestras madres y abuelas alabando nuestra tierna desnudez, convirtiéndonos en candidatos ideales para memes y cadenas de WhatsApp.

Algunos con poco éxito se fueron a Vine, otros a Snapchat y entre medio a una que otra App de poca trascendencia y que ya quedó en el olvido. La mayoría terminó en Instagram; una adictiva mezcla de todas las anteriores pero con una característica apasionante: Los más adultos no entienden la aplicación y no saben usarla (y a veces yo tampoco jajaja). ¿Es que cómo vas a publicar una foto en tu historia y vas a aceptar que se borre en 24 horas? No le das tiempo a la tía Carlota o a la comadre Juana de ver las benditas fotos. Mamá no puede soportar la frustración de que sus fotos desaparezcan en el ciber espacio. Instagram sigue siendo un lugar seguro, en donde podemos hacer de las nuestras con toda calma sin que sorpresivamente nos aparezca un piolín o un poema.

Aunque no falta el despistado (millennial obviamente) que no ha entendido nada y le da capturas de pantalla a lo que escribe en Facebook o Twitter convirtiéndolo en una imagen para Instagram.  Si quieres escribir algo, hazlo en Facebook. Si quieres compartir una foto, hazlo en Instagram, si quieres hacer ambas cosas, busca a tus amigos reales y habla con ellos mientras les muestras tus fotos.

Pero finalmente nos atraparon. WhatsApp fue la trampa sobre la que caímos como abejas a la miel. Es inevitable tener grupos de WhatsApp familiares, de trabajo, de amigos, del equipo de fútbol o con los compadres (sin sus parejas obviamente) en donde, más que compartir contenidos, coordinar nuestras actividades, saber qué pasa con nuestras vidas y en casos extremos informar alguna cosa útil como un descuento en una tienda, un evento imperdible al que sería bueno ir juntos o una invitación a salir en grupo.

Para un millennial, es de la obviedad más absoluta saber que si un video de youtube le causó gracia o asombro, el lugar para compartirlo es su muro de Facebook, no WhatsApp . A lo más, si la cosa es muy grande, hacemos un breve video y lo dejamos en una historia de Instagram. Más allá de eso no pasa.

Los más adultos en cambio, si logran dar con un video que les sacuda las entrañas y toque su fibra emocional, no dudan un segundo en abrir WhatsApp y comenzar un envío serial y masivo de ese mismo video en todos sus grupos. Aquí es donde ocurre el misterio ¿Cómo hicieron para meter ese video en su teléfono?. Es así como el mismo video, poema o reflexión sobre la vida de algún ilustre autor ya fallecido, te puede llegar 3 ó 4 veces en menos de una hora, dependiendo de en cuántos grupos estés metido con tus mamás, papás, tías y abuelas (y quizá alguno de tus jefes que tampoco entiende mucho del asunto).

Si alguna vez recibes de mi un mensaje que evidentemente podría haber ido a mi muro de Facebook, si me descubres utilizando un grupo de chat como un lugar para compartir mis opiniones, como si fuera un blog o si hablo de mis preferencias, mis gustos y consejos como si se tratase del un mural donde pegar mis avisos, bloquéame. Te autorizo.

Y para nosotros, muchas veces inmersos en esto sin mayor análisis; más allá de reírnos de la situación, es buena idea re pensar la forma en que nos comunicamos y usamos el mundo digital para hacerlo. Muchos de nuestros trabajos, proyectos y actividades dependen de la forma en la que comunicamos las cosas en redes sociales. Si quieres que tus amigos vayan a tu evento, si deseas que tu emprendimiento prospere, si buscas apoyo para tu proyecto o mejorar tu reputación laboral, no uses WhatsApp como si fuera Facebook.

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